La Avutarda Común (Otis tarda) es una especie amenazada a escala mundial (Collar et al., 1994; Heredia et al., 1996; BirdLife International, 2000). La avutarda ha sufrido durante las últimas décadas una notable regresión (Glutz et al. 1973, Cramp & Simmons 1980, Collar 1985, Hidalgo 1990, del Hoyo et al. 1996), destacando los casos de Hungría y Alemania, con descensos poblacionales respectivos del 99% y del 87% durante los últimos 50 años y sin que en la mayor parte de los casos se hayan podido identificar claramente las causas de tales disminuciones. En la actualidad su distribución se reduce a diversas poblaciones fragmentadas.
La suma de los censos de avutardas realizados recientemente en las diferentes regiones de la península Ibérica arroja un total de 22.429 individuos (21.279 en España y 1.150 en Portugal). Basándose en dichos censos, y teniendo en cuenta el grado de fiabilidad de sus resultados, así como las deficiencias metodológicas que han podido afectar a cada uno de ellos, se estima el tamaño real de la población actual de avutardas de la península Ibérica entre 23.918 y 25.643 individuos, un 95% de los cuales se encuentran en España y el 5% restante, en Portugal. Con estos datos se concluye que más de la mitad del total mundial estimado de esta especie y a su vez esto implica que la mayor parte de los efectivos de la población y las poblaciones de mayores dimensiones se sitúan en el ámbito Español principalmente. (Alonso, 2005)
Es necesario y urgente, por tanto, investigar a fondo la estructura y dinámica de las poblaciones actuales, para evitar la regresión de la población ibérica de avutardas, única del mundo con garantías realistas de supervivencia.
A pesar de estas cifra, la especie está considerada como vulnerable (Palacín et al., 2004), atendiendo a las directrices de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN, 2001). Ya que la especie ha sufrido una disminución poblacional rápida, estimada en un porcentaje igual o mayor del 30%, a lo largo de sus tres últimas generaciones, además de una apreciable reducción de su área de distribución y/o calidad del hábitat que ocupa. Otras figuras de protección son:
especie protegida (Convenio de Berna de 1979, Directiva Europea de Aves 79/409, Ley 4/1989 sobre Conservación de Espacios Naturales y de la Flora y Fauna Silvestres)
“de interés especial” Catálogo Nacional de Especies Amenazadas (Real Decreto 439/1990)
De estas figuras de protección se desprende que las Administraciones Nacional y Autonómicas están obligadas a adoptar las medidas necesarias para la conservación de la avutarda, medidas que han sido definidas en el “Plan de Acción sobre la Avutarda” (Heredia et al. 1996). Aunque la mayoría de las poblaciones parecen estabilizadas a partir de 1980, fecha esta en la que se prohibió su caza en España (Alonso et al., 2003; Palacín et al., 2004), muchas poblaciones están en mal estado de conservación, por actuación de otras causas de declive o por encontrarse aisladas y no poder incorporar nuevos individuos. Y a pesar de que se han desarrollado algunas acciones de conservación: programas agroambientales o proyectos Life, programas de educación ambiental, señalización o corrección de tendidos eléctricos, por ejemplo en Ávila (Onrubia et al., 1998) o Extremadura (Alonso et al., 1993).
Algunos estudios hacen referencia a que se estaría produciendo una progresiva concentración de la población española de avutardas en un número cada vez menor de zonas con condiciones favorables, paralelamente a una degradación de los núcleos marginales o con peores condiciones, algunos de ellos hasta la extinción, que amenaza con producirse a corto plazo en varias zonas. (Alonso et al., 2004; Pinto et al., 2005), supone, además, una mayor vulnerabilidad general de la especie por pérdida de diversidad genética, así como por un progresivo mayor aislamiento de los núcleos marginales.
Es, por ello, necesario aplicar estrictas medidas de conservación, mantenimiento o, en su caso, mejora del hábitat, en todas las zonas en lasque se reproduce la especie en la península Ibérica, poniendo especial énfasis en evitar la desaparición de grupos reproductores, no sólo los de mayor envergadura, sino también los más pequeños y marginales dentro del área de distribución de la especie en la Península. (Alonso et al. 2005).
En conclusión debe actuarse de manera activa en la conservación de esta especie y actuar tanto sobre el conocimiento, como en la atenuación y eliminación de las amenazas, así como en los casos necesarios, se requiere gestión activa sobre las poblaciones para asegurar su persistencia.
1.1. Tipo de restitución a realizar
Considerando que se hayan reducido los factores de amenaza, muchas poblaciones pueden no tener la capacidad de incrementar sus efectivos o tener problemas de viabilidad genética, por lo que las actuaciones de refuerzo pueden ser la forma mas efectiva de conservarlas y mejorar sus condiciones, incluso asegurar su conservación, sobre todo en las poblaciones más aisladas.
Las distintas poblaciones actúan como una metapoblación interaccionando en distintos periodos, ya que aunque conserven su área de reproducción, pasan periodos de invernada en otras áreas que comparten con otras poblaciones. Las poblaciones aisladas no tienen el efecto rescate y debe actuarse para estabilizar su tamaño poblacional hasta que puedan establecerse nuevos núcleos en su entorno y volver a integrarse en un sistema metapoblacional.
1. Introducción y Justificación del proyecto
La Avutarda Común (Otis tarda) es una especie amenazada a escala mundial (Collar et al., 1994; Heredia et al., 1996; BirdLife International, 2000). La avutarda ha sufrido durante las últimas décadas una notable regresión (Glutz et al. 1973, Cramp & Simmons 1980, Collar 1985, Hidalgo 1990, del Hoyo et al. 1996), destacando los casos de Hungría y Alemania, con descensos poblacionales respectivos del 99% y del 87% durante los últimos 50 años y sin que en la mayor parte de los casos se hayan podido identificar claramente las causas de tales disminuciones. En la actualidad su distribución se reduce a diversas poblaciones fragmentadas.
La suma de los censos de avutardas realizados recientemente en las diferentes regiones de la península Ibérica arroja un total de 22.429 individuos (21.279 en España y 1.150 en Portugal). Basándose en dichos censos, y teniendo en cuenta el grado de fiabilidad de sus resultados, así como las deficiencias metodológicas que han podido afectar a cada uno de ellos, se estima el tamaño real de la población actual de avutardas de la península Ibérica entre 23.918 y 25.643 individuos, un 95% de los cuales se encuentran en España y el 5% restante, en Portugal. Con estos datos se concluye que más de la mitad del total mundial estimado de esta especie y a su vez esto implica que la mayor parte de los efectivos de la población y las poblaciones de mayores dimensiones se sitúan en el ámbito Español principalmente. (Alonso, 2005)
Es necesario y urgente, por tanto, investigar a fondo la estructura y dinámica de las poblaciones actuales, para evitar la regresión de la población ibérica de avutardas, única del mundo con garantías realistas de supervivencia.
A pesar de estas cifra, la especie está considerada como vulnerable (Palacín et al., 2004), atendiendo a las directrices de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN, 2001). Ya que la especie ha sufrido una disminución poblacional rápida, estimada en un porcentaje igual o mayor del 30%, a lo largo de sus tres últimas generaciones, además de una apreciable reducción de su área de distribución y/o calidad del hábitat que ocupa. Otras figuras de protección son:
De estas figuras de protección se desprende que las Administraciones Nacional y Autonómicas están obligadas a adoptar las medidas necesarias para la conservación de la avutarda, medidas que han sido definidas en el “Plan de Acción sobre la Avutarda” (Heredia et al. 1996).
Aunque la mayoría de las poblaciones parecen estabilizadas a partir de 1980, fecha esta en la que se prohibió su caza en España (Alonso et al., 2003; Palacín et al., 2004), muchas poblaciones están en mal estado de conservación, por actuación de otras causas de declive o por encontrarse aisladas y no poder incorporar nuevos individuos. Y a pesar de que se han desarrollado algunas acciones de conservación: programas agroambientales o proyectos Life, programas de educación ambiental, señalización o corrección de tendidos eléctricos, por ejemplo en Ávila (Onrubia et al., 1998) o Extremadura (Alonso et al., 1993).
Algunos estudios hacen referencia a que se estaría produciendo una progresiva concentración de la población española de avutardas en un número cada vez menor de zonas con condiciones favorables, paralelamente a una degradación de los núcleos marginales o con peores condiciones, algunos de ellos hasta la extinción, que amenaza con producirse a corto plazo en varias zonas. (Alonso et al., 2004; Pinto et al., 2005), supone, además, una mayor vulnerabilidad general de la especie por pérdida de diversidad genética, así como por un progresivo mayor aislamiento de los núcleos marginales.
Es, por ello, necesario aplicar estrictas medidas de conservación, mantenimiento o, en su caso, mejora del hábitat, en todas las zonas en las que se reproduce la especie en la península Ibérica, poniendo especial énfasis en evitar la desaparición de grupos reproductores, no sólo los de mayor envergadura, sino también los más pequeños y marginales dentro del área de distribución de la especie en la Península. (Alonso et al. 2005).
En conclusión debe actuarse de manera activa en la conservación de esta especie y actuar tanto sobre el conocimiento, como en la atenuación y eliminación de las amenazas, así como en los casos necesarios, se requiere gestión activa sobre las poblaciones para asegurar su persistencia.
1.1. Tipo de restitución a realizar
Considerando que se hayan reducido los factores de amenaza, muchas poblaciones pueden no tener la capacidad de incrementar sus efectivos o tener problemas de viabilidad genética, por lo que las actuaciones de refuerzo pueden ser la forma mas efectiva de conservarlas y mejorar sus condiciones, incluso asegurar su conservación, sobre todo en las poblaciones más aisladas.
Las distintas poblaciones actúan como una metapoblación interaccionando en distintos periodos, ya que aunque conserven su área de reproducción, pasan periodos de invernada en otras áreas que comparten con otras poblaciones. Las poblaciones aisladas no tienen el efecto rescate y debe actuarse para estabilizar su tamaño poblacional hasta que puedan establecerse nuevos núcleos en su entorno y volver a integrarse en un sistema metapoblacional.